sábado, 15 de julio de 2017

LOS WALLACE DE VENADO TUERTO

Familia en pleno - 1954

MI FAMILIA

Mi padre nació el 9 de abril de 1889 en  Lacken, Co. Westmeath, Irlanda. Era el segundo hijo de Peter Wallace (* 20/01/1856 - †  18/07/1941) y Ellen O’Reilly (* - † 13/10/1905). Fueron sus hermanos John Peter (1887/1968), el mayor y heredero de la granja, y Patrick (1891/1914), el menor, que murió el 21 de junio de 1914 cuando era sometido a una operación de garganta.

   En 1914, al declararse la gran guerra, don Peter -que todavía sentía la pesadumbre de la pérdida de su esposa y la de su hijo Patrick- no estaba dispuesto a  entregar la vida de Edward al servicio de la Corona Británica. Sin vueltas, y ante la desesperación de vislumbrar a su segundo hijo en tierras extrañas luchando bajo una bandera extranjera,  vendió algunos de sus  bienes y con la magra paga obtenida,  lo envió a Liverpool, para que se embarcara a la Argentina.

En el puerto de Liverpool, Edward intentaba cambiar su destino y embarcarse hacia Australia. En eso estaba cuando entabló conversación  con Victor Kalisky, un inglés de religión judía y sastre de profesión, que lo convenció para que no cambiara su itinerario. Le dijo que si se iba a Australia los ingleses lo reclutarían con más facilidad que si se quedaba en Irlanda. Además, se ahorraría unas cuantas libras, comparando la distancia que mediaba entre uno y otro destino. Las teorías de Kalisky eran fundadas, y recordó entonces que su padre le había recomendado contactarse con la familia Leonard/Wallace, que vivía en Pergamino, un pueblo de la Provincia de Buenos Aires. Sin pensarlo dos veces, Edward abordó el buque “Oronsa” con Víctor Kalisky y partió rumbo a Buenos Aires.

El 01 de septiembre de 1915 el “Oronsa” amarró en el puerto de Buenos Aires y el día 4, ya en suelo argentino se despidió de Kalisky y tomó el tren rumbo a Pergamino. Fue su primer contacto con  “la Argentina”.

En Pergamino se encontró con sus primos, los hermanos Leonard: Tomás, Santiago, Gerardo, Margarita y Juan, hijos de Gerald Leonard (Ballicarrigy *1828 – Salto †1902) y Esther Wallace (Multyfarnham *1856 - Salto †1914). El recibimiento fue cálido y espontáneo. Margarita y Gerardo serían sus mejores amigos y confidentes.

A través de los Leonard, ingresó a la empresa ferroviaria y sus destinos fueron: San Nicolás, Villa Constitución y Venado Tuerto, donde se radicó definitivamente.

Durante un encuentro de la comunidad irlandesa en Venado Tuerto conoció a Rosa, la hija menor de John Kenny y Catalina Heavy. Rosa le pidió a su madre que invitara al joven irlandés a tomar el té;  la señora Kenny accedió, pero le pidió a  María Kehoe, (más conocida en la comunidad como “Minnie” Rourke viuda de Patrick Rourke), que hiciera de nexo. El trabajo de “Minnie” tuvo éxito porque Edward y Rosa se casaron el 18 de abril de 1928 y tuvieron siete hijos. Relatos orales dicen que “Minnie” Rourke, era la “casamentera” de la comunidad.

Pero el corazón de Edward todavía guardaba recuerdos de su añorada Irlanda. Las cartas que escribió a su hermano y posteriormente a su sobrino, revelan su nostalgia por su querida Irlanda. Los domingos después de misa, se refugiaba en su “galponcito” donde guardaba, además de sus herramientas, el violín, la gaita y los libros de música. Allí escribía sus poemas, a los que luego les ponía música. Ese era su mundo; el mundo que sólo él y Rosa conocían, por eso ella vigilaba celosamente que nadie perturbara esos momentos.

Edward Wallace falleció el 18 octubre de 1980 a los 91 años. Fue el último irlandés que habitó en Venado Tuerto.

Mi madre, nació en San Eduardo (entonces Distrito Venado Tuerto) el 14 de mayo de 1898 y falleció el 17 de noviembre de 1985. Era la hija menor de Juan Kenny Casey (*1855  †04/07/1926) y Catalina Heavy Rourke (*1856  †27/01/1944), y fueron sus hermanos: Brígida (*1880 + 19/09/1938) casada con Pedro Downes; Catalina (*1882 †08/11/1932) casada con Santiago Crowley; María “Molly” (*1881 †25/02/1949) casada con Mateo Chapman; Juan (*1886 †27/02/1941) casado con Marcela Gaynor; Bernardo (*1889 †14/05/1958) casado con Brígida Kehoe; Juliana (*18/09/1890 †12/08/1964) casada con Patricio Chapman y Eduardo (*1893 †12/08/1972) casado con Inés Dunne.

Mis hermanos: Eileen Rosa (soltera). Pedro Leo, contrajo matrimonio con Dora Pérez y tuvieron 5 hijos: Guillermo, Moira, Mónica, Celina y Lucila. Eduardo Juan, falleció soltero el 21 de febrero de 2001. Donaldo Benedicto, contrajo matrimonio con Juana María Didoné y tuvieron 2 hijos: Débora y Pablo. Mary Shiela (soltera). Patricia Moira (soltera) y finalmente, quien esto escribe: José, contraje matrimonio con Teresita Acosta y tuvimos dos hijos: Ignacio y Eduardo.

Curiosamente, y a contramano de toda lógica irlandesa, mi viejo no quiso que ninguno de sus hijos varones se llamara Patricio, razón por la que mi hermana "Patricia", que nació en el mes del patriarca, se hizo acreedora del emblema irlandés en la familia. Esta resistencia al nombre Patricio, tenía su razón de ser. Entre  los Wallace había demasiados Patricios, lo que originaba mucha confusión, y mi viejo no quería que se terminara identificando a sus hijos con apodos no muy elegantes, como sucedía con los Wallace de Brandsen, Chascomús, Jeppener, Ranchos, en la provincia de Buenos Aires, donde la mayoría se llamaban Patricio y terminaron identificándolos por sus sobrenombres, tales como “el colorado”, “el mellizo”, “el peludo”, y otros más.

“Así era mi viejo”

Don Eduardo se jubiló de Ferrocarriles Argentinos en el año 1949, cuando cumplió los 60. Recuerdo un hecho particular que sucedió en el año 1948, cuando llegó de viaje por la mañana del día 2 de marzo, el día siguiente a mi cumpleaños, y me trajo un espejito redondo en cuyo reverso estaba la imagen de Perón y Evita. Era un suvenir en plena campaña electoral que repartían en La Carlota (Córdoba) el día 1º de marzo, día en que los británicos traspasaban los ferrocarriles al Estado Argentino.  Ese acontecimiento lo dejó plasmado en su diario de esta manera:

1° de marzo de 1948: Salí de viaje a La Carlota. Hoy entregan los ferrocarriles los Británicos al Gobierno de la Nación. La estación de Venado Tuerto está repleta de gente muy emocionada. Las máquinas llevan escarapelas, banderas y fotografías de Perón y de su esposa “Evita”. Cuando llegamos a Canals encontramos una multitud congregada en la plataforma de la estación. Hay un alto parlante dando las noticias trasmitiendo desde Retiro. Aquí estamos informados que el Coronel Perón ha sufrido un ataque de apendicitis agudo, siendo necesario una operación. Después de terminar las maniobras quedamos en la estación, o sea con la maquina enfrente hasta las 19 horas para tocar el silbato siendo esa la hora oficial de entrega de los ferrocarriles. Ha llovido fuerte todo el día. Llegamos a La Carlota con las horas cumplidas. (sic)

En aquellos años la empresa de ferrocarriles tenía empleados que denominaban “llamadores”. Era un cadete encargado de avisar a los maquinistas que debían tomar servicio a determinada hora de ese día.  Generalmente eran jóvenes que recién ingresaban a la empresa.

Timbre

Los llamadores estaban disponibles las 24 horas del día y no había inclemencia climática que los detuviera. De ellos dependía la organización de los horarios de partida y llegada de los trenes. Mis viejos llamaban a estos mensajeros “Call boys”, traducción literal: “Muchachos llamadores”. Para evitar malos entendidos y controversias entre los maquinistas y los “llamadores” que se originaban cuando los maquinistas no se presentaban en término para tomar servicio y se culpaban unos a otros. Para evitar esos contratiempos, mi viejo instaló un timbre casero muy práctico.

Por aquellos años las casas eran construidas con galerías abiertas al frente, a tres o cuatro metros de la línea de edificación, y generalmente tenían un enrejado -o alambrado con ligustros- para resguardarse de los malhechores, además de proteger la intimidad de sus moradores. En ocasiones los llamadores tenían dificultad para ingresar al predio porque las puertas del jardín tenían candado o estaban trabadas, lo que les impedía acercarse para despertar a los citados, dado que muchas veces no oían su llamado. Para facilitarles el trabajo a los mensajeros, mi viejo instaló un timbre. En el marco de la puerta de su dormitorio que daba a la galería, instaló un enorme reloj despertador de metal, de aquellos redondos con campanilla en la parte superior. El reloj estaba programado para que, al agitarse la palanca, sonara la alarma. Para ello le enganchó un alambre que extendió hasta la puerta de calle con una sortija en su extremo, de modo que al tirar de la argolla la campanilla comenzaba a sonar, y al soltarla, mediante un resorte, volvía a su lugar y se detenía Era un mecanismo tan sencillo, que con sólo tirar suavemente era suficiente. Eso sí, cuando se accionaba, metía un batifondo capaz de despertar a medio barrio.

La instalación del  timbre en la casa de los “Guayase” fue la sensación para los chicos del vecindario que se desvivían por accionarlo; a cada rato nos venían a buscar para jugar o con cualquier pretexto, con tal de tocar el timbre. Pero no solo los chicos tenían ese antojo. Había un compañero de escuela secundaria de uno de mis hermanos, que tenía un especial delirio por el timbre y a cada rato se llegaba a nuestra casa. Un día (canchero) llegó montado en su bicicleta, y sin apearse se colgó de la argolla y perdió el equilibrio. El timbre se trabó y no había forma de pararlo. Eran las 4 de la tarde y todo el vecindario (curioso) se asomó para ver qué ocurría. La escena fue cómica, porque allí estaba Víctor Sáez  trepado en el alambrado tratando de detener la máquina enloquecida. Mi viejo, desde un costado de la casa, contemplaba el insólito cuadro y sin dejarse ver, esperó que el “futuro técnico mecánico” del industrial la desactivara. Fue una comedia caricaturesca.

Petardo

El viejo siempre estaba en la inventiva. Era muy común que los rateros incursionaran por algún gallinero o galpón con herramientas,  para hacerse de algún pequeño botín; pero lo peor era que hacían destrozos que resultaban más caros que el valor de lo robado. Para espantarlos, ideó un mecanismo casero muy práctico. Utilizó un petardo de alto poder, de aquellos que se usaban en el ferrocarril para alertar al maquinista que debía aminorar la marcha cuando se aproximaba a una zona peligrosa, llámese paso a nivel o zona urbana. Cuando la locomotora pisaba el dispositivo, se producía un estampido ensordecedor que alertaba al maquinista para que aminorara la marcha.  En esos tiempos las locomotoras a vapor eran muy ruidosas, entonces era necesario que el estampido fuera de alto volumen sonoro.

No voy a detallar cómo funcionaba la trampa, simplemente diré que al abrir la puerta de acceso al gallinero, se desprendía una pesa que caía sobre el petardo y producía la explosión.

La misma noche que instaló el petardo, de madrugada se produjo la explosión y “los ratas” escaparon a los gritos como desesperados, lo que hizo que algún vecino imaginara una feroz riña familiar con disparos de armas de fuego, a tal punto que “alguien” hizo0 una denuncia policial. (No sería extraño que fueran los mismos ladrones). La cuestión es que mi viejo fue citado a la comisaría para declarar sobre una “presunta reyerta familiar con armas de fuego”.

Ante esta situación complicada, mi viejo recurrió a su concuñado, Don Patricio Chapman, hombre de mundo y conocido por las autoridades policiales, propietario de la Carnicería “La Hibernia” (cuyo edificio todavía existe en calle Rivadavia 1149) y donde alguna vez fue asaltado por dos malhechores que entraron a robarle y le dispararon varios tiros que le dieron en el abdomen y que gracias a la intervención del Dr. Luis Chapuis salvó su vida.

Cuando mi padre le contó a don Patricio lo que había sucedido, éste (con su habitual parsimonia y sin darle mayor importancia al asunto, más bien debió haberle causado gracia) le dijo que fuera directamente a la comisaría a la hora indicada y que lo aguardara allí. Según contaba mi viejo, esa mañana entró y salió de esa Comisaría  una decena de veces mientras esperaba la llegada de su “defensor” que se estaba demorando.

Finalmente los atendió el comisario y mi viejo (con don Patricio como apuntador) relató los hechos. Cuando terminó, el comisario soltó una carcajada, se puso de pie y extendió su mano para despedirlos. No había nada para ampliar. Estaba todo dicho.

En otra ocasión, y siguiendo con su obsesión por la seguridad hogareña, puso en funcionamiento un antiguo reloj a cuerda, de tal manera que, mediante una conexión eléctrica, se encendía la luz del patio cada 15 minutos. No sé si habrá dado resultado, pero actualmente cuando uno camina por la ciudad,  al pasar frente a algunas casas, se enciende una luz. Claro que este sistema es más moderno, pero vale para graficar lo que se pretende lograr: Ahuyentar al presunto ladrón.

Encendedores, relojes, escobas, abrelatas…

Anticipándose a los recordados “magiclick” que duraban 100 años, fabricó un encendedor eléctrico. Dentro de una pequeña caja de madera colocó dos planchuelas dentadas enfrentadas y conectadas a un enchufe. Como complemento un hisopo de madera, en cuyo extremo tenía un anillo metálico con un mechón de algodón insertado y que se embebía en alcohol; luego se frotaba el hisopo con el metal dentado y se producían pequeños chispazos que encendían la mecha.

Otra de sus obsesiones eran los relojes. Ese antojo lo llevó a idear un “reloj de agua”, mediante un engranaje de 60 dientes y un gotero que caía en una especie de tobogán que
Mi padre con el P.Fox y el reloj
al lado del reloj de agua
volcaba su contenido una vez por minuto y accionaba el engranaje. Siempre lo controlaba y durante varios días mantenía el horario exacto. Este invento atrajo la atención de mucha gente, entre ellos de sus compañeros ferroviarios, que hicieron correr la bola y venían a verlo funcionar.

También se dedicó a fabricar escobas que vendía al vecindario. Construyó una máquina a pedal y hacía las escobas tan buenas como la de las mejores fábricas. A medias con mi tío Eduardo Kenny, sembraban un pequeño lote de maíz guinea que luego cosechábamos a mano.

Siempre tratando de gastar lo menos posible, cuidaba el peso porque según sus palabras, sabía lo que era estar “sin un cobre en el bolsillo”. Solía aconsejarme ahorrar para asegurarme un futuro y me contaba que cuando él tenía una moneda en el bolsillo, la daba muchas vueltas muchas veces antes de gastarla.

Un día estando en la casa de los Chapman, observó que mi tía Juliana utilizaba un abrelatas con una manivela que la giraba sin mayor esfuerzo. Tomó el abridor y lo observó detenidamente durante algunos minutos. Cuando regresó a casa,  se instaló en su galponcito y se puso a trabajar. Fabricó dos abrelatas de distintos tamaños, uno para latas grandes y otro para las más chicas, entonces nosotros también tuvimos dos abrelatas. Ambos fueron de utilidad durante muchos años.

También le gustaba trabajar la madera. Fabricó espaldares de camas, sillones, reposeras y hasta un violín. Para ello utilizó la madera de un añoso fresno que debió extraerse cuando sobrepasó la medianera del vecino. Mi madre lo había plantado en el invierno de 1928. Cuando el gigantesco fresno cayó abatido en medio de un ruido estrepitoso, la vi lagrimear. Gran pena sentí por ella, porque comprendí que con el árbol se iba parte de su vida.

El tronco estuvo mucho tiempo a la intemperie montado sobre dos tacos que lo aislaban del suelo. Después de un tiempo, considerando que estaba seco y resistente, mi viejo contrató los servicios de un fletero de apellido Loza, que vivía en calle Chile a la altura de Ayacucho y Cerrito, para que lo llevara hasta el aserradero de los hermanos Cardozo, que estaba en Sarmiento y Ayacucho, propietarios de una fábrica de sillas.

El changarín arrimó el carro al puente, apoyamos tres tablones y armamos el terraplén; tirando de una soga logramos subir el tronco y lo estaqueamos; mi viejo quiso atarlo, pero
Sillón
don Loza -apurado por terminar su trabajo- sostenía que con las trabas que le habíamos puesto era suficiente y que era imposible que se cayera. El asunto es que el caballo no alcanzó a dar tres pasos cuando el tronco rodó y se cayó en la cuneta llena de agua.

Mi viejo no puteaba (nunca lo oí insultar) pero tenía una calentura madre. El viejito Loza estaba abrumado, y caminaba desorientado de un lado para el otro, mientras miraba el tronco en la cuneta, repitiendo una puteada muy particular: “La puta mayo, la puta mayo!” decía una y otra vez, mientras  mi viejo re caliente lo seguía por detrás cagándolo a pedos, un poco en castellano y otro poco en inglés. Hoy ese recuerdo me traslada al cine  Felliniano de los años 50/60. ¡Desopilante!

Con el tronco en la cuneta, don Loza se fue a buscar ayuda al sindicato de estibadores, que estaba en calle Inglaterra (hoy 2 de abril) entre Cerrito y Ayacucho, y volvió con varios muchachos forzudos para el rescate.  Dos de ellos se quitaron las camisas y las alpargatas, se arremangaron los pantalones y se metieron en la cuneta con el agua hasta las rodillas;  haciendo palanca con unas varillas, lograron pasar la soga por debajo del tronco para que los otros desde afuera tiraran y lo hicieran rodar, tal como lo habíamos hecho antes del accidente. 

Era increíble la fuerza y la maña de esos muchachos. Cuando entraron al patio de nuestra casa para lavarse, y mientras mi viejo les alcanzaba unas toallas, ellos se hacían bromas mutuas por lo que habían tenido que renegar con el tronco. Era como si hubiesen ganado un partido de fútbol. Todo era risa y diversión.  Así describe al hombre argentino John Macnie en su libro “Work and Play in  the Argentine”: “cuanto más dificultosa es la tarea, más humor le suma a su trabajo”.

Zapatero/talabartero, ‘luthier’, lavarropas y otras yerbas

Otra de las debilidades de mi viejo eran las herramientas. Tenía un buen juego de chirimbolos que iban desde martillos, pinzas y llaves de distintos tamaños, hasta un yunque de zapatero. Don Shcreiner,  profesor del colegio industrial, solía pedírselo prestado para arreglar el calzado de su familia. El alemán  había entablado una buena relación con mi viejo, que fue el primer tesorero de la cooperadora del flamante colegio industrial, hoy Escuela de Educación Técnica (ENET).

Con relación al arreglo de zapatos, recuerdo que una mañana mi madre me dijo que tenía que dejar mis zapatos color caca con suela crep, para que mi viejo los arreglara y debía ponerme los que había remendado el día anterior con suela de cuero. El tema era que los zapatos
Portafolios que usé durante la primaria
arreglados tenían una plataforma parecida a los zuecos, era como andar en zancos. Entonces yo me negaba a usarlos y no me los quería poner, quería calzarme los zapatos viejos, porque eran más chicos y livianos, mientras que los remendados eran toscos y pesados. Esa mañana antes de ir al colegio, mi madre no lograba convencerme de que hiciera el cambio y recurrió a la ayuda de mi hermano Donald que intentaba infructuosamente ponérmelos de prepo. Yo lloraba como un loco. Al escuchar el alboroto, mi viejo se levantó y entró a la cocina con una calentura de los mil demonios y me ordenó que me los pusiera, lo que hice hipando, pero sin emitir palabra. Era increíble la autoridad que ejercía sobre nosotros. Jamás nos puso una mano encima. Nunca nos castigó físicamente, pero esa mirada era suficiente para poner las cosas en orden. Era la autoridad de un padre recto y justo. No había preferencias. Pero esa mirada dolía tanto como una tunda.

Cuando llegué al colegio, lo primero que hice fue mirar los zapatos de los demás para compararlos con los míos, y ¡Oh sorpresa! ¡Eran iguales! No había diferencia. Creo que nunca volví a usar los zapatos color caca con suela crep para ir al colegio.

También me fabricó un portafolios que usé durante toda la primaria. Hoy lo guardo de recuerdo y con especial afecto; cuando veo la rudeza que tiene, me pongo a pensar en lo simple y linda que era la vida. Yo iba feliz con mi portafolio y a nadie le llamó la atención.

Otra de sus manualidades fue un cortaplumas con mango de hueso, que todavía se conserva en mi casa paterna. Creo que la fabricó para no cargar un cuchillo cuando hacían asados en las piezas ferroviarias.

Fabricó un violín de chapa, soldada con estaño. El mástil era de madera, en cuya punta estaba tallada la cabeza de un caballo en plena carrera y las cuerdas llegaban al extremo de la caja sostenida por una mano (también tallada en madera) que simulaba tener las riendas. Es muy probable que nosotros no le diéramos la debida importancia a sus ‘obras de arte’, razón por la que le regaló el violín a Felipe Hanns, un cura alemán de la congregación Redentorista que estaba misionando por esta zona en el año 1957. Mi viejo simpatizó con el cura, que como él,  era loco por la música. También fabricó otro violín con la madera del fresno. 

Cuando comenzaron a modernizarse los electrodomésticos, observó en la exposición rural el mecanismo de los primeros lavarropas fabricados con motor a nafta por don Nello Neri. Empeñado en aliviarle las tareas a mi madre, lo primero que hizo fue comprar un motor a explosión cuya polea acopló, mediante una cinta, a un cilindro de madera fabricado con varillas, como si fuera una jaula redonda, que incrustó en un tanque de zinc para depositar el agua. El resultado fue óptimo, y como dije antes, alivió considerablemente el trabajo de mi
Reposera
madre, pues éramos muchos en familia y mis hermanos mayores usaban overoles, que eran muy pesados para tender. Temprano por la mañana el viejo se ponía en movimiento y ponía el lavarropas en funcionamiento. Entonces el barrio se enteraba que ese día estábamos de lavandería, porque “Botafogo”, como lo bautizó mi viejo, comenzaba su faena.

El viejo  -como todo inmigrante- cuidaba el mango hasta el mínimo centavo. Por eso fabricó una pequeña balanza para pesar las cartas que una o dos veces al mes le escribía a su hermano en Irlanda. El franqueo “Vía Aérea” era costoso y variaba según los gramos que pesaba. Para tener certeza del peso, fabricó una balanza en miniatura,  porque desconfiaba del pesaje que le hacían en el correo. Una chinche de las tantas que tenía. Lo mismo sucedía con la medición de la lluvia. Nunca estaba de acuerdo con lo que registraba Publicidad San Martín (luego LT29), porque no coincidía con el pluviómetro que él había fabricado y que lo tenía instalado en el medio del terreno de nuestra casa. Sostenía que la emisora exageraba la medición por efectismo. De todas maneras, siempre tenía algo para hacer, además de tocar el violín, la gaita o componer música y versos para acompañarla.

Caricaturas

Tenía un hobby muy particular. Le gustaba dibujar caricaturas de familiares y amigos, especialmente de sus compañeros de trabajo. Me he tomado el trabajo de subir los dibujos a la red, algunos pintados en acuarela. Sus compañeros de trabajo venían a nuestra casa para verlos y reírse de los personajes y del diálogo que motivaba cada viñeta. Los dibujos tienen más de 90 años, por lo que las escrituras no son muy legibles, a los que hay que sumarles el léxico que utilizaba mi viejo en castellano y la idiosincrasia de cada uno de los personajes, entre los que logro distinguir a Cibelli, Quitarone, Villafaña, Armesto, Passera y Cachari.

El sitio google donde se puede acceder para ver estos dibujos es el siguiente:
https://picasaweb.google.com/109817981599746959890/CARICATURASDEDONEDWARDWALLACE?authkey=Gv1sRgCOyox42yyum8dw

Gansos

Como todas las familias del barrio, nosotros también teníamos un  gallinero, donde además de gallinas, criábamos patos, algunos pavos para las fiestas y muchos gansos. Los gansos era la bandada más numerosa; llegamos a tener al menos hasta veinte, con crías incluidas. Todas las mañanas los soltábamos a la calle y partían con gran algarabía rumbo al campo, que comenzaba en calle Estados Unidos (hoy Pte. Perón). De ahí hacia el sur, todo era campo abierto. Curiosamente, nunca nos faltó ni uno de toda la camada. Nadie los molestaba y si alguien se acercaba a sus crías, desplegaban sus alas y encaraban al agresor con toda furia y armaban un alboroto descomunal.

A la tardecita emprendían su regreso, y cuando llegaban a la zona urbana de avenida Alem, iniciaban su vuelo rasante hasta el frente de nuestra casa. No levantaban más de un metro de altura. En una ocasión a mi madre se le pasó el tiempo y no les cortó las alas y un día cuando regresaban, uno de los más jóvenes levantó vuelo y desapareció rumbo a las vías del ferrocarril. Salimos a campear la zona, pero no pudimos dar con él.

Al día siguiente se presentó en nuestra casa una señora, retacona de cabellos lacios grisáceos y cuello corto, diciéndonos que había aterrizado frente a su casa en calle España, un ganso y que “alguien” le había comentado que podía ser de nuestra propiedad. El asunto fue que (compensación mediante) mi viejo me dijo que acompañara a la mujer hasta su casa para traer de vuelta al fugitivo. Fue así que, acompañado por mi amigo Hugo Touma, fuimos con ella hasta su casa, que estaba en  calle España entre Mitre y Alvear. Era una casa antigua en estado de abandono y construida a unos diez metros adentro de la línea de edificación.

Cuando llegamos, en la puerta de entrada, sentado en un taburete, fumando y tomando mate, estaba un hombre mayor en musculosa, muy flaco, sin dentadura y no muy prolijo. La mujer se adelantó mientras nosotros permanecíamos a distancia. Algo hablaron entre ellos (seguramente sobre la recompensa), luego la mujer abrió la puerta y nos hizo señas para que entráramos. El viejo siguió tomando mate y pitando, sin darnos tronco de bola. Cuando entramos al amplio hall, vimos al prófugo maniatado a la pata de una silla. La mujer nos dijo que lo tomáramos, y entre los dos lo agarramos, lo metimos en una bolsa y regresamos.

La caminata fue interminable. Era para nosotros como ir al fin del mundo. Estaba lejísimo de nuestro barrio. Sin dudas, la visión de un niño aumenta el tamaño de las cosas y amplía las distancias.

Haciendo las averiguaciones entre los vecinos más antiguos del lugar, me dicen que efectivamente, había en ese sitio una casa grande y que la mujer a la que hago referencia era de apellido Ufano, por eso el caserón era conocido como: “El conventillo de los Ufano”.

Palomas

Mi hermano Donaldo supo tener un casal de palomas mensajeras que le consiguió Jorge Cosentino, que en esos años andaba noviando con mi hermana Eileen. No recuerdo qué fin tuvieron las palomas, pero creo que los gatos (que había en abundancia) se hicieron un pic nic antes que empollaran.

Por mi parte, me hice de tres pichones de palomas caseras que traje del monte de mi tío Eduardo. Lo primero que hice fue plantar un poste al final del terreno, lejos de la casa. Arriba clavé una caja rectangular de aquellas en las que venía envasado el dulce de membrillo, que separé en tres casilleros. A la mitad del tramo del poste, mi viejo colocó una especie de aleta de chapa (como un embudo invertido) para impedir que los gatos treparan hasta los nidos. Las tres palomas se estaban desarrollando de lo mejor y comenzaron a echar plumas. Una de ellas inició su vuelo, cayó a tierra y fue devorada por un gato que estaba al acecho. Las otras dos se criaron con normalidad hasta la adultez. Pero por esas cosas de la naturaleza, solamente quedó una en el pequeño palomar, y sin dudas era un palomo. Era un bicho de lo más sociable. Un día desapareció, pero un vecino me avisó que un señor de apellido Valle, que pasaba todos los días frente a nuestra casa,  vio que el palomo se posó en un gajo al alcance de la mano, y como era tan manso, se lo llevó. Cuando fui a reclamarlo, efectivamente, el hombre admitió que lo tenía y me lo devolvió, pero tenía cortadas las plumas de una de sus alas. Tardó un buen tiempo para recuperarlas, lo que acentuó su sociabilidad al estar en permanente contacto con nosotros.

Cuando mi hermano Eduardo iba a trabajar en bicicleta, más de una vez tuvo que regresar a casa porque lo seguía volando sobre él (cual si fuera el Espíritu Santo), lo pasaba y se asentaba más adelante. Cuando él lo alcanzaba, el palomo volvía a levantar vuelo, entonces no tenía otra opción que volver a casa y enjaularlo.

En otra ocasión llamaron a nuestra casa dos mormones. En aquellos tiempos había muchos de origen irlandés y a mi viejo le gustaba conversar con ellos, razón por la que los invitó a tomar asiento en unos sillones que había en la galería. Estaban en lo mejor de la conversa cuando irrumpió el palomo, que no dejaba de ronronear alrededor de los tres, hasta que se posó sobre el hombro de un mormón y le largó una tremenda cagada; ahí se pudrió todo y tuvimos que encerrarlo porque era imposible convivir  con semejante despelote.

Finalmente lo deportamos al campo de mi tío Eduardo en San Eduardo, porque comenzó a entrar a la a casa y ensuciar por todas partes. Un día apareció el capot del auto todo cagado. Había encontrado un lugar donde cobijarse en el galpón, eso colmó la paciencia de mi viejo que decidió desterrarlo.

Según mi tía Inés, la esposa de Eduardo, que no mataba las arañas que había en la galería de su casa porque consideraba que estaban allí por alguna razón, me comentó que todas las mañanas el palomo se presentaba ante la puerta de la cocina y comenzaba a ronronear, y hasta que no le traía unas migas de pan, el tipo no dejaba de jorobar. Esto duró un tiempo hasta que dejó de aparecer. Seguramente se emparejó y ya tenía otras obligaciones que cumplir.

Entretenimiento

Un día, en el año 2004, me encontré frente al puente del ferrocarril sobre calle Sarmiento, con dos antiguas vecinas barrio. No recuerdo sus nombres de pila pero eran de las familias Molla y Bustos.

Recordando nuestra infancia, me confesaron que cuando anochecía se instalaban en la vereda de nuestra casa para mirarnos por la ventana de la cocina cuando nos sentábamos a la mesa para cenar. Debo acotar que en casa se cenaba muy temprano. En los meses de invierno entre las 19:30 y 20:00 mi madre ya tenía la cena lista y, según correspondía, Patricia y yo éramos los encargados de tender la mesa, mientras que Eileen y Shiela lavaban la vajilla y mis otros tres hermanos secaban los platos, (acá siempre se armaban polémicas, siempre alguno se esfumaba y otro se embromaba).

Volviendo a las amigas del barrio, me contaban que, amparadas por las sombras de la noche y con la ventana grande de la cocina iluminada cual si fuera una pantalla de cine, tenían un amplio panorama para ver lo que acontecía alrededor de la mesa familiar de los Guayase y se deleitaban escuchando nuestra conversación en inglés. “Era para nosotros, como estar en el cine”, dijeron.

Un lindo recuerdo que revela la inocencia de aquellos años y la manera sencilla con que nos entreteníamos. No hace falta aclarar que en aquellos tiempos no había televisión y tener un receptor de radio, era todo un lujo.

Una anécdota

Antes de contar esta anécdota que me sorprendió ya grande, debo aclarar que con nuestros viejos siempre hablábamos en inglés, nunca en castellano. Era algo que teníamos incorporado. Ya de grandes, si estábamos solos con ellos, hablábamos en inglés; pero si había un tercero que no lo hablaba (esposa, cuñada o amigo) entonces por lógica, lo hacíamos  en castellano. Claro que el inglés que hablamos los descendientes de irlandeses es muy particular, es lo que llamamos el “brogue english”. No es el inglés británico. En Irlanda hay una variedad de “dialectos”, donde cada región tiene matices y términos propios, igual que en la Argentina. No
Frente a nuestra casa 1940 (aprox)
Eileen, Pedro, Shiela, Donaldo y Eduardo
obstante, es reconocido por los propios ingleses, que la intelectualidad Dublinesa habla un inglés mucho más exquisito que la de Londres. Prueba de ello se manifiesta en los grandes literatos de la lengua inglesa como lo fueron Oscar Wilde, William Butler Yeats, Bernard Shaw, James Joyce, Samuel Becket, Jonathan Swift,  Seamus Heaney, por citar algunos de los clásicos de la literatura, siendo cuatro de ellos premiados con el Nobel de Literatura.

Es oportuno dejar en claro que Irlanda tiene su propio idioma: el irlandés. Pero durante la ocupación inglesa, se les prohibió que hablaran su idioma, por lo que debieron aprender -forzosamente- el inglés. Pero los irlandeses son muy rebeldes; por esa razón, y como signo de indocilidad, hablaban “mal” el inglés, tanto para fastidiar a sus opresores y hacerlo incomprensible para los “Brits”. La canción popular irlandesa “Galway Bay” dice en dos de sus estrofas:
Mientras la brisa desde el mar de Irlanda
Impregna el aire con aromas de hierbas perfumadas,
Y  las mujeres cosechando papas,
Hablan un idioma que los extranjeros no entienden.

Extranjeros que trataron de enseñarnos sus maneras
Despreciándonos tan sólo por lo que somos
Pero es como si quisieran  espantar los reflejos de la luna
O encender una vela con la luz de una estrella

Esta canción fue compuesta por el Dr. Arthur Colahan, de Leicester,  en 1947 y fue popularizada por el norteamericano Bing Crosby, hijo de irlandeses.  La versión de Crosby sufrió algunas modificaciones para hacerla “menos política”. No obstante se convirtió en un gran éxito en todo el mundo, especialmente entre los inmigrantes irlandeses.

Una versión humorística fue recreada por los hermanos Clancy y Tommy Makem. Esta canción también aparece en la película interpretada por John Wyne y Moureen O’Hara: “El hombre quieto”; y los extranjeros, los extraños a que se refiere, no son otros que los ingleses, por supuesto.
https://youtu.be/P1uo0gkrDgM
Versión de Bing Crosby
https://youtu.be/b9NM3SMRtaQ

Gastronomía

Cuando a mi viejo le preguntaban si le fue fácil acostumbrarse a la gastronomía argentina, su respuesta era espontánea: “No hay mejor comida en el mundo que el asado criollo”, lo que quería decir es que no tuvo ningún inconveniente a “adaptarse” a la gastronomía argentina. Eso sí, no dejó de comer papas hervidas con cáscara, sea cual fuera el menú. Cuando hacía un asado en casa, siempre había papas para acompañar, costumbre que heredé. Adquirió la habilidad de asador cuando trabajaba en el ferrocarril. Como todo maquinista, iba de un lado a otro y cada tanto le tocaba hacer el asado para  el grupo de compañeros alojados “en las piezas”, que en la jerga ferroviaria eran los hospedajes de los maquinistas. Para ilustrar mejor,  “El Siglo XX”, que era una fonda y hospedaje en épocas pasadas y se encontraba en la esquina Este de Sarmiento y Falucho, era un lugar reservado para los empleados ferroviarios que estaban de paso por Venado Tuerto y que debían pernoctar para luego retomar servicio al día siguiente.

Este párrafo no es para hablar de mis gustos gastronómicos y de dónde provienen, pero, como mi padre, creo que nuestro asado es el mejor plato que podemos degustar, eso sí, siempre con papas. Esto no quita que la cocina italiana, por nombrar una, sea una de las más sabrosas. Pero al margen de estas preferencias, sea cual fueren, a mí me encanta la comida árabe. Cuando se realiza la feria de las colectividades, el primer stand que visito para comer algún manjar exótico, es el de la comunidad árabe. Allí me saco el gusto de saborear las exquisitas empanadas árabes y los famosos kipes, hechos a base de carne picada, trigo burgol (grano partido pre cocido), cebolla, pimiento morrón y condimentos aromáticos que, ingeridos con un buen vino tinto, son una delicia.